martes, 23 de diciembre de 2025

La Generación del Cambio que el Mundo Laboral no Ve

 





Nos encontramos en un mundo donde el cambio se ha vuelto permanente y, por tanto, la capacidad de adaptación a nuevas tecnologías, a nuevas situaciones, a nuevas formas de relación interpersonal y a un nuevo mundo —que, más allá de las consideraciones que se puedan hacer desde las creencias y los valores—. está presente y debemos convivir con él.

El mundo laboral no escapa a esta realidad. Si me apuran un poco, creo que hace ya cuarenta años entró en un proceso de cambio permanente, a veces vertiginoso, que necesariamente requiere sujetos capaces de adaptarse a él.

Existe un juicio —a todas luces erróneo— en muchos hombres de empresa, que consideran que el cambio solo es posible con las nuevas generaciones, dado que ellas han nacido en una etapa donde la tecnología les resulta natural. Por ello, muchas veces, el descarte de las generaciones mayores se vuelve algo habitual, ya desde el momento en que se programan los bots y la IA que “discriminan” (no lo digo en sentido negativo, sino en su acepción real) y seleccionan los CV de los postulantes.

Creemos que este juicio es erróneo, y a la vez, antiguo y vetusto. Nada es nuevo. El descarte de los mayores es un viejo concepto que llegó hacia fines de los años setenta y ochenta, cuando los “ilustrados” accedieron a las áreas de poder y se creyó que el título hacía al profesional. Así llegaron los “titulados”, que elevaron, en algunos casos, los niveles de las organizaciones y, en otros, las llevaron al fracaso.

Aquella generación descartada, no estaba acostumbrada a cambios sociales bruscos, aunque no es menos cierto que ellos —o sus familias directas— habían vivido la reconstrucción de sus vidas. La hoy mentada resiliencia, se hizo en ellos carne, levantándose una y otra vez, por eso brindaron a sus hijos mejores herramientas, para afrontar ese nuevo mundo, que quizá ellos mismos no se hubieran animado a transitar.

Sin embargo, hoy quiero referirme a la generación —o generaciones— que va desde los cuarenta y cinco años hasta el final del ciclo laboral, que podemos ubicar entre los sesenta y cinco y setenta años. A esta generación la llamo la generación de la adaptación y, si me apuran, también la generación del cambio.

Ellos vienen adaptándose desde su juventud y aun desde su niñez, porque el mundo de hace cincuenta años era absolutamente otro. Nada tiene que ver el mundo laboral en el que comenzaron con el actual, en el que hoy desarrollan sus actividades. Tampoco es el mismo que el de hace cuarenta, treinta o veinte años. El cambio ha sido vertiginoso, y no solo en el ámbito laboral, sino también en la vida cotidiana.

Larga sería la enumeración de los cambios a los que esta generación ha debido adaptarse para vivir, trabajar, comunicarse y relacionarse con quienes caminan a su alrededor. Por eso, no los detallaremos aquí, pero estoy seguro de que los lectores saben perfectamente a qué nos referimos.

Para muchos de nosotros no sería posible estar en actividad —o siquiera desear estarlo— si no fuéramos capaces de adaptarnos.

La adaptación siempre implica aprendizaje y sabemos bien, que los adultos aprenden cuando tienen claro el para qué deben hacerlo. Por eso, la llamada resistencia al cambio —que no niego— muchas veces no es más que no comprender el motivo y comprendido este la curva de aprendizaje tantas veces negada por quienes quieren el aprendizaje mágico. Quienes venimos aprendiendo y adaptándonos a las nuevas realidades, sabemos que el principal motor para ello es la necesidad de seguir activos y preparados.

Pero si no tenemos la oportunidad de incorporarnos al mercado laboral, o somos expulsados de él, y si lo único que nos queda es el mercado “changaril”, que nos consume tiempo —es decir, vida—, energías y nos desanima, se vuelve difícil seguir en camino, seguir estudiando y capacitándonos. Es muy bonito ver las grandes oportunidades de aprendizaje, pero la gran mayoría —y las mejores, sin dudas— son pagas. Y entonces surge la pregunta: si estamos desocupados, apenas logrando subsistir, ¿cómo capacitarnos para adaptarnos a las nuevas realidades?

Pareciera que las empresas no comprenden que la vida laboral se irá extendiendo cada vez más. Los sistemas previsionales van a cambiar, nos guste o no, y tendremos que seguir trabajando.

El foco, sin embargo, no quiere ponerse solo en la realidad que muchos ya vivimos en esta etapa de la vida, sino en lo que las empresas pierden al expulsar a una generación que tiene en su ADN la adaptación y el cambio, y que además cuenta con la experiencia necesaria para enseñar a las nuevas generaciones. No para repetir lo que siempre se hizo, sino para transmitir la necesidad de estar dispuestos a adaptarse, a aprender, porque ellos saben que la vida es un aprendizaje en sí mismo y que deberemos también aprender a morir. Ellos saben que hay que razonar e internalizar el cambio.

Créanme un cambio no planificado, no pensado, ni trabajado adecuadamente puede traducirse en un fracaso, en una máscara que simula lo que nunca ocurrió ni ocurrirá. Pero también el cambio “a tontas y a locas” puede provocar choques profundos y conflictos innecesarios, con el consiguiente derroche de recursos o, en el peor de los casos, el hundimiento de la organización. La idea de muchos no debe traducirse en un “no al cambio”, sino en un “cambiemos bien”, cambiemos en serio y no en fachada. Créanme he visto muchos cambios, que eran espejitos de colores y muchos recursos malgastados, no es este el lugar para hablar del cambio, sino de quienes saben adaptarse y llevarlo adelante.

Las empresas expulsan a los experimentados y, al mismo tiempo, no incorporan a quienes recién comienzan. Las dos puntas de la pirámide quedan en un ámbito de descarte. No hay aviso que no exija un mínimo de un año de experiencia. No, no es fácil ni para unos ni para otros, salvo que cuenten con una buena “palanca” que les abra las puertas, que los bots y la IA cierran, por orden de los líderes, porque nunca nada se hace sin una decisión humana que programa, ya sea por ignorancia o por mala praxis, para ser buenos. 

Las organizaciones y sus líderes han renunciado a ser formadores y, al mismo tiempo, expulsan a quienes podrían acompañarlos en esa tarea. Dos generaciones: la que sabe y está curtida en el arte de la adaptación y la que trae la energía propia de quien comienza, capaz de hacer maravillas con una buena guía.

En los últimos tiempos han surgido series y películas que abordan esta temática. Ojalá no queden solo en el romanticismo del cine y las plataformas, y seamos realmente capaces de lograr que ambas generaciones ingresen y permanezcan en el mundo laboral.

Te leo en los comentarios.


Lic. Marcelo Grecco


Nota del Autor: Tanto el título como la imagen son generados por la IA.

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