Nos encontramos
en un mundo donde el cambio se ha vuelto permanente y, por tanto, la capacidad
de adaptación a nuevas tecnologías, a nuevas situaciones, a nuevas formas de
relación interpersonal y a un nuevo mundo —que, más allá de las consideraciones
que se puedan hacer desde las creencias y los valores—. está presente y debemos
convivir con él.
El mundo
laboral no escapa a esta realidad. Si me apuran un poco, creo que hace ya
cuarenta años entró en un proceso de cambio permanente, a veces vertiginoso,
que necesariamente requiere sujetos capaces de adaptarse a él.
Existe un
juicio —a todas luces erróneo— en muchos hombres de empresa, que consideran que
el cambio solo es posible con las nuevas generaciones, dado que ellas han
nacido en una etapa donde la tecnología les resulta natural. Por ello, muchas
veces, el descarte de las generaciones mayores se vuelve algo habitual, ya
desde el momento en que se programan los bots y la IA que “discriminan” (no lo
digo en sentido negativo, sino en su acepción real) y seleccionan los CV de los
postulantes.
Creemos que
este juicio es erróneo, y a la vez, antiguo y vetusto. Nada es nuevo. El
descarte de los mayores es un viejo concepto que llegó hacia fines de los años
setenta y ochenta, cuando los “ilustrados” accedieron a las áreas de poder y se
creyó que el título hacía al profesional. Así llegaron los “titulados”, que elevaron,
en algunos casos, los niveles de las organizaciones y, en otros, las llevaron
al fracaso.
Aquella
generación descartada, no estaba acostumbrada a cambios sociales bruscos,
aunque no es menos cierto que ellos —o sus familias directas— habían vivido la
reconstrucción de sus vidas. La hoy mentada resiliencia, se hizo en ellos carne,
levantándose una y otra vez, por eso brindaron a sus hijos mejores herramientas,
para afrontar ese nuevo mundo, que quizá ellos mismos no se hubieran animado a
transitar.
Sin embargo,
hoy quiero referirme a la generación —o generaciones— que va desde los cuarenta
y cinco años hasta el final del ciclo laboral, que podemos ubicar entre los
sesenta y cinco y setenta años. A esta generación la llamo la generación de
la adaptación y, si me apuran, también la generación del cambio.
Ellos vienen
adaptándose desde su juventud y aun desde su niñez, porque el mundo de hace
cincuenta años era absolutamente otro. Nada tiene que ver el mundo laboral en
el que comenzaron con el actual, en el que hoy desarrollan sus actividades.
Tampoco es el mismo que el de hace cuarenta, treinta o veinte años. El cambio
ha sido vertiginoso, y no solo en el ámbito laboral, sino también en la vida
cotidiana.
Larga sería la
enumeración de los cambios a los que esta generación ha debido adaptarse para
vivir, trabajar, comunicarse y relacionarse con quienes caminan a su alrededor.
Por eso, no los detallaremos aquí, pero estoy seguro de que los lectores saben
perfectamente a qué nos referimos.
Para muchos de
nosotros no sería posible estar en actividad —o siquiera desear estarlo— si no
fuéramos capaces de adaptarnos.
La adaptación
siempre implica aprendizaje y sabemos bien, que los adultos aprenden cuando
tienen claro el para qué deben hacerlo. Por eso, la llamada resistencia al
cambio —que no niego— muchas veces no es más que no comprender el motivo y
comprendido este la curva de aprendizaje tantas veces negada por quienes
quieren el aprendizaje mágico. Quienes venimos aprendiendo y adaptándonos a las
nuevas realidades, sabemos que el principal motor para ello es la necesidad de
seguir activos y preparados.
Pero si no
tenemos la oportunidad de incorporarnos al mercado laboral, o somos expulsados
de él, y si lo único que nos queda es el mercado “changaril”, que nos consume
tiempo —es decir, vida—, energías y nos desanima, se vuelve difícil seguir en
camino, seguir estudiando y capacitándonos. Es muy bonito ver las grandes
oportunidades de aprendizaje, pero la gran mayoría —y las mejores, sin dudas—
son pagas. Y entonces surge la pregunta: si estamos desocupados, apenas
logrando subsistir, ¿cómo capacitarnos para adaptarnos a las nuevas realidades?
Pareciera que
las empresas no comprenden que la vida laboral se irá extendiendo cada vez más.
Los sistemas previsionales van a cambiar, nos guste o no, y tendremos que
seguir trabajando.
El foco, sin
embargo, no quiere ponerse solo en la realidad que muchos ya vivimos en esta
etapa de la vida, sino en lo que las empresas pierden al expulsar a una
generación que tiene en su ADN la adaptación y el cambio, y que
además cuenta con la experiencia necesaria para enseñar a las nuevas
generaciones. No para repetir lo que siempre se hizo, sino para transmitir la
necesidad de estar dispuestos a adaptarse, a aprender, porque ellos saben que la vida es un aprendizaje en sí mismo y que deberemos también aprender a morir. Ellos saben que hay que razonar e internalizar el cambio.
Créanme un
cambio no planificado, no pensado, ni trabajado adecuadamente puede traducirse
en un fracaso, en una máscara que simula lo que nunca ocurrió ni ocurrirá. Pero
también el cambio “a tontas y a locas” puede provocar choques profundos y
conflictos innecesarios, con el consiguiente derroche de recursos o, en el peor
de los casos, el hundimiento de la organización. La idea de muchos no debe
traducirse en un “no al cambio”, sino en un “cambiemos bien”, cambiemos en
serio y no en fachada. Créanme he visto muchos cambios, que eran espejitos de
colores y muchos recursos malgastados, no es este el lugar para hablar del
cambio, sino de quienes saben adaptarse y llevarlo adelante.
Las empresas
expulsan a los experimentados y, al mismo tiempo, no incorporan a quienes
recién comienzan. Las dos puntas de la pirámide quedan en un ámbito de
descarte. No hay aviso que no exija un mínimo de un año de experiencia. No, no
es fácil ni para unos ni para otros, salvo que cuenten con una buena “palanca”
que les abra las puertas, que los bots y la IA cierran, por orden de los
líderes, porque nunca nada se hace sin una decisión humana que programa, ya sea
por ignorancia o por mala praxis, para ser buenos.
Las
organizaciones y sus líderes han renunciado a ser formadores y, al mismo
tiempo, expulsan a quienes podrían acompañarlos en esa tarea. Dos generaciones:
la que sabe y está curtida en el arte de la adaptación y la que trae la energía
propia de quien comienza, capaz de hacer maravillas con una buena guía.
En los últimos
tiempos han surgido series y películas que abordan esta temática. Ojalá no
queden solo en el romanticismo del cine y las plataformas, y seamos realmente
capaces de lograr que ambas generaciones ingresen y permanezcan en el mundo
laboral.
Te leo en los
comentarios.
Lic. Marcelo Grecco

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