![]() |
https://docs.google.com/forms/d/13m4ZbAleHO0YyBbmOeytyMTluPJ18TFSwnd3YKyW3C8/edit
Este artículo nace a partir de conversaciones en grupos de amigos y de escuchar algunos argumentos de quienes defendían el controvertido artículo 44 sobre el ausentismo por enfermedad en la nueva ley laboral. Gracias a Dios, finalmente no fue aprobado en Diputados. A partir de ese debate, me gustaría reflexionar sobre la influencia del liderazgo en los niveles de ausentismo dentro de las organizaciones.
El ausentismo laboral puede definirse: “como la ausencia del trabajador en su puesto durante la jornada laboral, cuando estaba prevista su presencia”. Este fenómeno es uno de los indicadores más analizados por las áreas de Recursos Humanos debido a su impacto en la productividad, la organización del trabajo y el clima laboral.
Repasemos brevemente los tipos de ausentismo según sus causas.
Ausentismo programado
Tiene por causa las licencias legales que pueden planificarse: vacaciones, maternidad y, cuando hay una buena gestión, también las licencias por examen.
Las licencias programadas surgen de la ley laboral y de los derechos adquiridos por los trabajadores, derechos que, a su vez, pueden resultar beneficiosos para las organizaciones. ¿Vacaciones como beneficio? Sí. Todos sabemos que ese tiempo de “desconexión” ayuda al rendimiento. Cuando este descanso no existe, pueden generarse múltiples problemas en el desempeño e incluso enfermedades psíquicas y físicas como el burnout, que terminan perjudicando a la misma organización.
Cuando era joven tenía un compañero que “trabajaba” durante sus vacaciones. Lo hizo durante muchos años. Fui testigo de cómo su rendimiento fue disminuyendo, incluso de cómo se dormía apenas se sentaba. En no mucho tiempo terminó en una profunda crisis que provocó su internación. Además, se le descubrieron numerosos desvíos en sus tareas. También influyó la confianza que había depositado en algunos compañeros que lo defraudaban y se aprovechaban de su cansancio y bajo rendimiento.
Ausentismo no programado
Es el que tiene mayor impacto en la gestión diaria. Tiene como causa las licencias por enfermedad (culpable o inculpable), los accidentes laborales y aquellas licencias que escapan a una programación previa, como por ejemplo el fallecimiento de un familiar.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Soy un convencido de que los altos niveles de ausentismo en las organizaciones tienen más que ver con la motivación que genera la propia organización que con supuestas actitudes naturales de las personas. Muchas veces se juzgan las causas del ausentismo basándose en prejuicios —como la supuesta “vagancia” de los empleados o el poco apego al trabajo de las nuevas generaciones— mientras que no se observa hacia adentro de la organización qué motiva o desmotiva a las personas, a través de sus políticas y de las acciones directas de quienes ocupan posiciones de liderazgo.
Como ocurre en muchos ámbitos, es más fácil poner las causas afuera que analizar hacia adentro. Cuando la organización y quienes la lideran se colocan en el lugar de víctimas y no de protagonistas, se vuelven impotentes para producir cambios. Podrán cambiar los empleados, podrán cambiar las leyes, pero los indicadores de ausentismo seguirán en niveles problemáticos.
Existe un índice natural de ausentismo, producto de las necesidades y fragilidades propias de las personas. Sin embargo, ese índice puede incrementarse o disminuirse según el clima laboral que se genere a través de las acciones de quienes tienen responsabilidades de liderazgo.
En lo personal, siguiendo a algunos autores, distingo entre las políticas de la alta dirección y las acciones de quienes tienen la responsabilidad de “lograr objetivos por medio del trabajo de otros”: los jefes en sus distintos niveles (director, gerente, jefe, supervisor, encargado o coordinador). El modo en que estos, llevan adelante su función con respecto a las personas a su cargo, tiene un impacto en el ausentismo.
Herzberg distingue entre factores higiénicos y factores motivacionales.
Los factores higiénicos son las condiciones básicas que se esperan del trabajo. Aquí podemos ubicar las políticas de recursos humanos, donde se definen aspectos económicos (salarios y beneficios), condiciones laborales (instalaciones seguras, limpias e higiénicas, herramientas adecuadas, iluminación y temperatura apropiadas), seguridad laboral (contratación clara, reglas laborales justas y procedimientos definidos) y factores sociales vinculados al clima y la cultura organizacional.
Entre estos últimos podemos observar el estilo de liderazgo promovido por la organización, así como los programas de desarrollo y capacitación que exceden lo económico y repercuten directamente en la persona.
Estos aspectos no son menores. Los factores higiénicos hacen que las personas se sientan cómodas o incómodas en su trabajo. Cuando se estudian en profundidad las causas del ausentismo, muchas veces se descubre que se originan en esa incomodidad creciente que va desgastando la motivación inicial y afecta la disposición para trabajar. El cuerpo y la mente sienten el peso de políticas que desmotivan, bajan defensas y terminan multiplicando las enfermedades.
Si una empresa presenta un alto índice generalizado de ausentismo no programado, sería conveniente realizar un análisis serio de las políticas de recursos humanos, de cómo se comunican desde el inicio de la relación laboral y de cómo se ejecutan en la práctica, evaluando cómo afectan al clima laboral.
Siguiendo con la teoría bifactorial de Herzberg, encontramos también los factores motivacionales. En estos influye la política organizacional, pero tienen una incidencia directa las acciones de los jefes inmediatos.
Ellos pueden amortiguar o incrementar políticas organizacionales negativas —lo que hoy suele denominarse “liderazgos tóxicos”—, pero también pueden ser ellos mismos quienes generen esa toxicidad dentro de su equipo, incluso cuando la alta dirección no lo promueva.
Las acciones del liderazgo impulsan el compromiso con el grupo y el desarrollo personal. Cuando las personas se sienten reconocidas y perciben que su esfuerzo es valorado, cuando sienten que confían en ellas y que se les asignan responsabilidades significativas, se fortalece su compromiso con el trabajo.
Cuando una persona se siente cómoda en su lugar de trabajo, respetada y valorada, suele tener más disposición para asistir y cumplir con sus responsabilidades. Por el contrario, cuando se siente permanentemente regañada, maltratada, poco reconocida o sin oportunidades de desarrollo, la motivación se debilita.
Al peso natural del trabajo —como aparece en el relato bíblico: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”— se suma entonces el peso anímico de una cultura organizacional negativa o de un liderazgo inadecuado.
Aunque muchas ausencias tienen causas objetivas, también es cierto que la relación de la persona con su trabajo influye en la disposición para regresar lo antes posible o prolongar la ausencia. Cuando una persona está motivada y se siente bien en su trabajo, suele tener mayor deseo de reincorporarse. Cuando ocurre lo contrario, la recuperación y el regreso pueden demorarse más.
Tampoco siempre los incentivos económicos han logrado modificar significativamente el ausentismo. Existen numerosos programas de “presentismo” que no han tenido el éxito esperado, probablemente porque, en ciertos contextos, los factores emocionales y relacionales pesan más que lo estrictamente económico.
Entre los KPI más importantes de Recursos Humanos se encuentra el indicador de ausentismo, discriminado por sus causas. Un buen análisis de estos datos puede revelar la necesidad de revisar políticas organizacionales o estilos de liderazgo. Muchas veces los indicadores muestran apenas la punta del iceberg. Sin embargo, un análisis profundo puede permitir descubrir causas ocultas que explican niveles elevados de ausentismo.
Se puede hacer algo con el ausentismo. Siempre existen posibilidades de intervenir y mejorar la situación, siempre que se analicen sus causas con profesionalismo.
Recuerdo una pequeña anécdota. En una capacitación con supervisores surgió el tema del ausentismo como uno de los mayores problemas que enfrentaban los equipos directivos. Al finalizar una dinámica de trabajo les hicimos una pregunta simple: ¿Qué pueden hacer ustedes para mejorar este tema?
La primera respuesta fue automática: “Nada”. Seguían ubicándose en el lugar de víctimas y no de protagonistas. Insistimos con la pregunta y, poco a poco, comenzaron a surgir ideas para trabajar sobre la motivación de las personas, incluso en contextos donde las ausencias existían.
Las propuestas buscaban fortalecer el sentido de pertenencia del personal, hacerles sentir que su presencia era importante y que no era lo mismo que estuvieran o que faltaran.
Con el tiempo, quienes aplicaron algunas de esas ideas observaron mejoras. No en todos los casos, pero sí en muchos más de los que inicialmente imaginaban.
Comprender que quienes conducen pueden incrementar o moderar el ausentismo es fundamental. El ejercicio del liderazgo —y el estilo con el que se lo ejerce— siempre tiene impacto en los niveles de productividad y, especialmente, en el ausentismo.
En algunos casos, las propias políticas definidas por la alta dirección pueden ser causa de ausentismo, por ejemplo cuando no se tienen en cuenta las medidas de seguridad y protección, aumentando el riesgo de accidentes. Una política de ahorro extremo puede generar enfermedades o accidentes que, a largo plazo, terminan afectando la productividad.
Si siempre se colocan las causas únicamente en el personal ausente, la organización se vuelve incapaz de producir cambios. Podrán cambiar las personas, pero el problema persistirá.
En cambio, cuando se analizan las causas con honestidad y se trabaja tanto en las políticas como en el desarrollo de los líderes, los resultados suelen ser diferentes y los niveles de ausentismo tienden a ubicarse dentro de parámetros normales.
Políticas preventivas en seguridad e higiene, entornos laborales respetuosos y liderazgos que reconozcan la dignidad de las personas son factores clave para reducir el ausentismo.
Cuando los lugares de trabajo se vuelven insalubres o el estrés domina la cultura organizacional, la enfermedad y la desconexión laboral tienden a aumentar.
No sé qué opinará el lector, pero estoy convencido de que existe una estrecha relación entre el ejercicio del liderazgo y el ausentismo laboral. Allí donde el liderazgo se ocupa genuinamente de las personas —aun en contextos de trabajo complejos— los indicadores suelen mejorar de manera significativa.
¿Estás de acuerdo? ¿Agregarías algo a esta reflexión?
Lic. Marcelo Eduardo Grecco
Encontramos este vídeo del Dr. Mario Ackerman, a quien tengo el gusto de conocer y sé de su competencia para hablar sobre el tema de marras, por eso me parece muy importante que este canal de YouTube lo haya convocado para su análisis en esta reforma laboral.
Hemos coincidido en instancias de capacitación, donde él desarrollaba los temas propios de la legislación laboral y nosotros trabajábamos sobre competencias blandas, en esas instancias tuvimos oportunidad de conversar bastante y ciertamente consideramos al Dr. Ackerman una profesional de fuste, por eso consideramos mejor este video que un articulo de nuestra autoría. Debemos decir que coincidimos plenamente con sus observaciones a esta reforma laboral, las que además consideramos ecuánimes, objetivas y profesionales.
Esperemos que te sirva
Lic, Marcelo Eduardo Grecco
Nos encontramos
en un mundo donde el cambio se ha vuelto permanente y, por tanto, la capacidad
de adaptación a nuevas tecnologías, a nuevas situaciones, a nuevas formas de
relación interpersonal y a un nuevo mundo —que, más allá de las consideraciones
que se puedan hacer desde las creencias y los valores—. está presente y debemos
convivir con él.
El mundo
laboral no escapa a esta realidad. Si me apuran un poco, creo que hace ya
cuarenta años entró en un proceso de cambio permanente, a veces vertiginoso,
que necesariamente requiere sujetos capaces de adaptarse a él.
Existe un
juicio —a todas luces erróneo— en muchos hombres de empresa, que consideran que
el cambio solo es posible con las nuevas generaciones, dado que ellas han
nacido en una etapa donde la tecnología les resulta natural. Por ello, muchas
veces, el descarte de las generaciones mayores se vuelve algo habitual, ya
desde el momento en que se programan los bots y la IA que “discriminan” (no lo
digo en sentido negativo, sino en su acepción real) y seleccionan los CV de los
postulantes.
Creemos que
este juicio es erróneo, y a la vez, antiguo y vetusto. Nada es nuevo. El
descarte de los mayores es un viejo concepto que llegó hacia fines de los años
setenta y ochenta, cuando los “ilustrados” accedieron a las áreas de poder y se
creyó que el título hacía al profesional. Así llegaron los “titulados”, que elevaron,
en algunos casos, los niveles de las organizaciones y, en otros, las llevaron
al fracaso.
Aquella
generación descartada, no estaba acostumbrada a cambios sociales bruscos,
aunque no es menos cierto que ellos —o sus familias directas— habían vivido la
reconstrucción de sus vidas. La hoy mentada resiliencia, se hizo en ellos carne,
levantándose una y otra vez, por eso brindaron a sus hijos mejores herramientas,
para afrontar ese nuevo mundo, que quizá ellos mismos no se hubieran animado a
transitar.
Sin embargo,
hoy quiero referirme a la generación —o generaciones— que va desde los cuarenta
y cinco años hasta el final del ciclo laboral, que podemos ubicar entre los
sesenta y cinco y setenta años. A esta generación la llamo la generación de
la adaptación y, si me apuran, también la generación del cambio.
Ellos vienen
adaptándose desde su juventud y aun desde su niñez, porque el mundo de hace
cincuenta años era absolutamente otro. Nada tiene que ver el mundo laboral en
el que comenzaron con el actual, en el que hoy desarrollan sus actividades.
Tampoco es el mismo que el de hace cuarenta, treinta o veinte años. El cambio
ha sido vertiginoso, y no solo en el ámbito laboral, sino también en la vida
cotidiana.
Larga sería la
enumeración de los cambios a los que esta generación ha debido adaptarse para
vivir, trabajar, comunicarse y relacionarse con quienes caminan a su alrededor.
Por eso, no los detallaremos aquí, pero estoy seguro de que los lectores saben
perfectamente a qué nos referimos.
Para muchos de
nosotros no sería posible estar en actividad —o siquiera desear estarlo— si no
fuéramos capaces de adaptarnos.
La adaptación
siempre implica aprendizaje y sabemos bien, que los adultos aprenden cuando
tienen claro el para qué deben hacerlo. Por eso, la llamada resistencia al
cambio —que no niego— muchas veces no es más que no comprender el motivo y
comprendido este la curva de aprendizaje tantas veces negada por quienes
quieren el aprendizaje mágico. Quienes venimos aprendiendo y adaptándonos a las
nuevas realidades, sabemos que el principal motor para ello es la necesidad de
seguir activos y preparados.
Pero si no
tenemos la oportunidad de incorporarnos al mercado laboral, o somos expulsados
de él, y si lo único que nos queda es el mercado “changaril”, que nos consume
tiempo —es decir, vida—, energías y nos desanima, se vuelve difícil seguir en
camino, seguir estudiando y capacitándonos. Es muy bonito ver las grandes
oportunidades de aprendizaje, pero la gran mayoría —y las mejores, sin dudas—
son pagas. Y entonces surge la pregunta: si estamos desocupados, apenas
logrando subsistir, ¿cómo capacitarnos para adaptarnos a las nuevas realidades?
Pareciera que
las empresas no comprenden que la vida laboral se irá extendiendo cada vez más.
Los sistemas previsionales van a cambiar, nos guste o no, y tendremos que
seguir trabajando.
El foco, sin
embargo, no quiere ponerse solo en la realidad que muchos ya vivimos en esta
etapa de la vida, sino en lo que las empresas pierden al expulsar a una
generación que tiene en su ADN la adaptación y el cambio, y que
además cuenta con la experiencia necesaria para enseñar a las nuevas
generaciones. No para repetir lo que siempre se hizo, sino para transmitir la
necesidad de estar dispuestos a adaptarse, a aprender, porque ellos saben que la vida es un aprendizaje en sí mismo y que deberemos también aprender a morir. Ellos saben que hay que razonar e internalizar el cambio.
Créanme un
cambio no planificado, no pensado, ni trabajado adecuadamente puede traducirse
en un fracaso, en una máscara que simula lo que nunca ocurrió ni ocurrirá. Pero
también el cambio “a tontas y a locas” puede provocar choques profundos y
conflictos innecesarios, con el consiguiente derroche de recursos o, en el peor
de los casos, el hundimiento de la organización. La idea de muchos no debe
traducirse en un “no al cambio”, sino en un “cambiemos bien”, cambiemos en
serio y no en fachada. Créanme he visto muchos cambios, que eran espejitos de
colores y muchos recursos malgastados, no es este el lugar para hablar del
cambio, sino de quienes saben adaptarse y llevarlo adelante.
Las empresas
expulsan a los experimentados y, al mismo tiempo, no incorporan a quienes
recién comienzan. Las dos puntas de la pirámide quedan en un ámbito de
descarte. No hay aviso que no exija un mínimo de un año de experiencia. No, no
es fácil ni para unos ni para otros, salvo que cuenten con una buena “palanca”
que les abra las puertas, que los bots y la IA cierran, por orden de los
líderes, porque nunca nada se hace sin una decisión humana que programa, ya sea
por ignorancia o por mala praxis, para ser buenos.
Las
organizaciones y sus líderes han renunciado a ser formadores y, al mismo
tiempo, expulsan a quienes podrían acompañarlos en esa tarea. Dos generaciones:
la que sabe y está curtida en el arte de la adaptación y la que trae la energía
propia de quien comienza, capaz de hacer maravillas con una buena guía.
En los últimos
tiempos han surgido series y películas que abordan esta temática. Ojalá no
queden solo en el romanticismo del cine y las plataformas, y seamos realmente
capaces de lograr que ambas generaciones ingresen y permanezcan en el mundo
laboral.
Te leo en los
comentarios.
Lic. Marcelo Grecco
En mi última participación
en el posgrado de la Universidad de Buenos Aires, donde tuve el honor de hablar
sobre la gestión de la capacitación, ante una consulta esbocé una respuesta
que, debido a las limitaciones de tiempo, tuvo gusto a poco. La consulta
versaba sobre cómo hacer para que la evaluación de la eficacia cumpliera con su
fin y no chocara con la estandarización de la gestión de calidad. Quiero,
entonces, ampliar aquello en este posteo.
Me parece importante
repasar algunos conceptos, como qué es o qué medimos en esta evaluación,
delinear algunas de las herramientas que usamos para llevarla adelante y los
pormenores para diseñarla adecuadamente, ya que su eficacia reposa en un diseño
apropiado. Evaluaremos cómo ajustar el diseño a la estandarización de la
gestión de calidad sin que la medición pierda la sustancia que nos permite un
análisis y la mejora continua.
Evaluación de la Eficacia
Vayamos a los que saben
para entender qué es esta medición y para qué nos sirve. Recurro a Abraham
Paín, quien indica que ella nos permite “ubicar los conocimientos adquiridos en
relación con la realidad cotidiana del trabajo”. Con ella pretendemos comprobar
el grado de aplicación de los aprendizajes en la tarea cotidiana. Dicho en
criollo, nos permite saber si los aprendizajes objeto de la capacitación
contribuyeron a la mejora de la tarea diaria respecto de la situación previa.
La referencia necesaria
para esta medición son los objetivos de aplicación, que deben ser definidos al
momento del diseño. Estos expresan lo que se espera que realicen quienes
participan del proceso de capacitación, en la tarea que tienen asignada, al finalizar
la actividad.
Los objetivos de
aplicación se deben definir junto con los indicadores que serán usados para
realizar la medición y que, probablemente, estén vinculados a los analizados en
la etapa previa a la definición de la necesidad, los cuales marcan el estado
previo a la capacitación.
No menos importante es
incluir, tanto en el análisis de la necesidad como en los resultados, los
contextos en los que se desarrollan las tareas, tanto macro como micro. Debemos
considerar que la eficacia de la capacitación estará siempre en la contribución
que esta realiza a la mejora de la tarea, pero dicha mejora es multicausal, al
igual que las problemáticas que generan las necesidades. Por eso siempre hay
que ponderar los contextos.
Por ejemplo: al hacer la
evaluación de un curso de ventas se observa que mejoraron significativamente
los indicadores de tasas de ventas. Surge entonces la tentación de asumir el
éxito de la capacitación. Ahora bien, al hacer un análisis más profundo vemos
que, independientemente del aporte que ella ha hecho al mejorar las técnicas de
ventas, hubo cambios en las políticas gubernamentales que beneficiaron
positivamente el mercado. Por tanto, el aumento de ventas ha sido general. En
este caso, la eficacia de la capacitación debe ser ponderada y evaluar si ese
aumento de ventas es igual a la media del mercado o la supera; recién allí
podemos decir que las técnicas generaron un diferencial.
Esta ponderación también
vale cuando las condiciones cambian en forma desfavorable. Quizás del análisis
veamos que la capacitación contribuyó a que los indicadores no fueran peores,
teniendo en cuenta dichas condiciones.
Evaluación y
Estandarización
Ajustar la evaluación a
cada capacitación puede colisionar, a priori, con la estandarización que la
gestión de calidad exige. Por lo cual hay que encontrar alternativas para que
se cumplan los requerimientos y, a la vez, la evaluación sea eficaz. La balanza
no puede inclinarse hacia alguno de los lados: si generamos una evaluación que
cumpla los requisitos de estandarización pero no sirve para el análisis, tiene
todas las fichas para transformarse en un proceso burocrático que consume
recursos sin que la organización obtenga beneficios. Una evaluación ineficaz
contradice el espíritu de la gestión de calidad.
En este sentido, tanto
procedimentalmente como en los formularios normalizados, debemos mantener el
equilibrio.
Procedimientos
En los procedimientos se
definen los procesos, las formas y los tiempos en que estos se realizan. Entre
otras cosas, debe plasmarse qué actividades deben ser alcanzadas por las
mediciones y cuáles están excluidas en razón de su naturaleza —como, por ejemplo,
la capacitación en oferta—. También se definen los intervalos de tiempo en que
deben realizarse las mediciones; las formas en que estas se llevan a cabo; y
los lineamientos para determinar en cada caso los responsables de completar los
formularios. El procedimiento debe contener todas las variables que permitan
estandarizar lo estándar y diferenciar lo que corresponde, y a la vez ser
eficiente.
Las áreas de aprendizaje
gestionan actividades íntimamente ligadas a la tarea y actividades abiertas
ofrecidas a todos los colaboradores. En las primeras se parte de indicadores de
desempeño o proyectos con indicadores definidos para evaluar la evolución. Las
segundas son abiertas y, si bien responden a necesidades generales, también
incluyen contenidos no necesariamente vinculados a la tarea. Quienes participan
no siempre aplican directamente esos contenidos en su labor cotidiana, lo que
hace casi imposible medir una efectividad puntual, aunque sí se pueden realizar
análisis que determinen la pertinencia de esas actividades.
También debe registrarse
el intervalo de tiempo entre la acción de capacitación y la medición. Se debe
considerar que los aprendizajes hayan tenido oportunidad de aplicarse y
contemplar la curva de aprendizaje. A priori podría creerse que el mejor intervalo
debe definirse en el diseño de cada capacitación, pero esto complica la
gestión. Por ello es ideal que el procedimiento establezca intervalos
diferenciados entre dos grandes clasificaciones de cursos:
- Técnicos, cuya
aplicación se puede medir en un tiempo prudencial (habitualmente tres meses).
- Competencias blandas, con curvas más largas e indicadores menos evidentes.
Considero que, en este caso, la medición no debería ser inferior a seis meses
y, si es posible, a doce, pudiendo asociarse a los encuentros de feedback.
Otra diferenciación debe
contemplar actividades relacionadas con implementaciones. En este caso el
intervalo será desde el momento en que realmente se ejecute la implementación.
Si bien es lógico no capacitar mucho antes, la experiencia indica que muchas
veces surgen inconvenientes que retrasan la puesta en marcha. Si no se prevé
esto, la evaluación se hará sin resultados efectivos y terminará como “No
aplica”, perdiendo recursos y una medición valiosa.
Formularios
Los formularios
normalizados son un punto clave y dieron origen a la consulta que motiva este
artículo. Son el medio para recoger datos y la forma en que se estandariza la
medición.
Surgen algunas preguntas: Debe
haber un solo formulario? ¿Siempre debe realizarse una evaluación por
participante? ¿Qué pasa con las capacitaciones masivas?
A mi entender, debemos
desarrollar varios formularios con enunciados y preguntas acordes a la
naturaleza general de los aprendizajes. Estos deben remitir a los indicadores
definidos, permitiendo valorar la información. La clave no está en un
formulario único, sino en la fuente de los datos para completarlo. En este
sentido, se puede acompañar con un anexo (no normalizado) que recuerde los
indicadores.
Las preguntas deben ser
estándar, pero siempre referidas a los indicadores de cada capacitación.
También pueden indagar sobre los contextos actuales.
Respecto de quién debe
completar el formulario, inmediatamente surge el superior inmediato. Esto suele
ser lógico cuando la evaluación puede hacerse individualmente. Pero no siempre
es posible, especialmente cuando los capacitados son muchos o cuando el responsable
inmediato no tiene acceso a los indicadores (por ejemplo, ausentismo regional o
métricas de proyectos). En esos casos debe completarlo quien sí tenga acceso, y
probablemente lo haga de manera general.
Para un correcto proceso,
los evaluadores y la línea directa deben participar desde el principio, incluso
en el diseño. Así como no deben recibir una invitación a una capacitación sin
conocer su contenido, tampoco deben recibir un formulario aislado que se
convierta en un trámite burocrático.
Comparto un ejemplo: una
jefa regional recibió el formulario para evaluar a una colaboradora que había
tomado un curso y se lo entregó a la propia participante diciendo: “Escribí
cómo te fue en el curso”. Delegó una tarea que no correspondía y repitió la
evaluación de impacto. Conversar sobre los aprendizajes está bien, pero el
formulario debe completarse con análisis en base a los indicadores. Por
ejemplo, si enviamos a alguien a un curso de Excel para acelerar reportes y los
tiempos no mejoran, quizás la persona aplique lo aprendido pero su computadora
es demasiado lenta. Esto debe quedar plasmado: la capacitación fue eficaz, pero
el resultado esperado no se logró por un factor externo no identificado
inicialmente.
Sobre las evaluaciones
masivas, la experiencia indica que suelen completarse rápida y
burocráticamente. Por ello debería haber un formulario diferenciado que permita
ponderaciones globales. Por ejemplo: “Del total de participantes, ¿en qué
porcentaje considera que los aprendizajes fueron efectivos? 100%, 70%, 50%,
20%, 10%, 0%”, profundizando en los porcentajes críticos.
Además, la evaluación
masiva debe reducirse al mayor agrupamiento posible, según criterios de
eficiencia: región, gerencia, zona, etc.
Conclusión
Podemos concluir que
debemos mantener un equilibrio: que la estandarización no convierta la medición
en un hecho burocrático, ni que la diferenciación llegue al extremo de volverla
inmanejable e imposible de procesar. Las nuevas tecnologías permiten mantener
ese equilibrio y hacer de esta medición una herramienta útil para los procesos
de aprendizaje, evitando que la inversión se convierta en un gasto.
Espero no haber sido
extenso y, como siempre, no espero que estés de acuerdo; por eso estoy atento a
tus comentarios.
Lic. Marcelo Eduardo
Grecco
Uno de los mayores desafíos en los puestos de liderazgo, es
la toma de decisiones. La toma de decisiones es permanente y excede casi
siempre los límites burocráticos de la organización e implican también, de
acuerdo con el puesto que se ostente, los pequeños actos personales que tienen
repercusión en la organización y fuera de ella. Si, cuanto más importante es el
puesto que se ocupe, mucho más expuestas están las acciones, aún las más
personales, que son consecuencia de las decisiones.
Cada acción, cada palabra, cada gesto, en definitiva, cada
decisión hecha acción tiene una consecuencia, que puede ser querida o no
querida. Esto ha tenido una potencialidad extrema en la participación en
las redes, donde quedamos aún más expuestos, lo que publicamos pasa a ser del dominio
público, más allá de los condicionamientos éticos y legales.
Justamente por esto, cada decisión no puede ser tomada sin
una profunda meditación, donde sea sopesada toda la información (datos en
contexto) y las consecuencias posibles de esa acción, palabra, gesto,
publicación, posteo, “reacción” en redes. Solo después de sopesar y evaluar todo bien,
se debe tomar la decisión y ejecutar la acción. Viene a mi memoria un recuerdo
permanente de mi padre, quien tenía un jefe al admiraba, uno de los más altos
responsables de la organización en la Argentina. Este le enseño que cuando le
pedían una firma con demasiada urgencia, ponía esos papeles al final de la fila
para poder analizarlos al detalle, era una buena manera de no actuar
reactivamente, sino tomar decisiones de manera responsable.
Un buen ejercicio del liderazgo supone que la toma de
decisiones no este fundada solo en la emocionalidad, sino que haya un
equilibrio con lo racional.
Cuanto más alto en la pirámide se ubique el puesto, mayor
será la responsabilidad y como consecuencia de esto mayor la exposición, por lo
tanto, las acciones públicas y privadas, serán cada vez más visibles y expuestas
a más gente. Si además ese puesto, por su naturaleza, tiene además una
influencia, mayor será el recaudo que se debe tener, al momento de tomar cada
decisión sobre la acción en la vida privada y pública, debemos reconocer que en
algunos puestos de “poder” o, mejor dicho, de autoridad la privacidad ya no
existe o queda reducida a un lugar muy pequeño de la vida. En esta época esto
es particularmente más complejo, dado los canales de difusión.
El mayor cuidado son las decisiones comunicacionales que
tomemos, cuidando el discurso y evaluando con profundidad que, como y a quien comunicamos.
Sobre todo, y lo más importante, la coherencia entre lo que hacemos y
comunicamos. Tomemos, por ejemplo, un empresario que no tuvo empacho al hablar
de los éxitos gubernamentales sobre la economía y a las pocas semanas tuvo que
despedir masivamente a empleados de algunas de las plantas, debido a la situación
económica, provocando un masivo desempleo en algunas ciudades, con la justa
reacción de los trabajadores y esos pueblos. ¿Hubiese sido mejor, más allá de
su legítimo derecho a creer lo que decía, no expresarlo con tanto ahínco,
esperando un mayor tiempo para hacer pública su opinión?
En estos últimos
tiempos hemos visto el impacto de las acciones en las redes sociales, donde
esta semana estamos siendo testigos de sus consecuencias, huelgan las palabras
al respecto.
Pero si la toma de decisiones es importante, en aquellos que
ostentan puestos de liderazgo privados o públicos, no menos importante es la
reacción frente a sus consecuencias, queridas o no. Hay dos lugares posibles y
solo uno es el correcto. La posición de “victima”, donde siempre se
encuentra excusas y uno o varios culpables que nos llevaron a tomar la decisión,
como si la decisión final nunca hubiese sido nuestra o no tuviésemos ninguna
responsabilidad en ello. Esta postura, es la más común, lamentablemente, y la
más perversa para nosotros mismos, porque como dice Kofman, es la que denota la
mayor impotencia de la persona y yo agregaría, la que pone de manifiesto la incompetencia,
de quien debe gestionar, en la toma de decisiones, a la vez que demuestra
perdida de ese equilibrio entre lo emocional y lo racional.
La segunda, por supuesto, es la de “protagonista” y
es la única correcta. Aquí no hay excusas, en tal caso hay disculpas y asunción
de la responsabilidad. “No evalúe correctamente todas las variables”; “Tome una
decisión equivocada”; “Tuve exceso de confianza”, son algunas respuestas
válidas de un protagonista, pero no se desliga de la responsabilidad de la
decisión tomada y esto es importante, por que en definitiva muchos serán los
caminos que nos llevan a la decisión final. Frente al interrogante de cual
tomar y cual ha de ser el destino final, estamos solos y somos nosotros los
únicos que podemos tomar la decisión y siempre esa decisión es nuestra.
Aprovechemos para preguntarnos como tomamos las decisiones
en la vida personal y en la organizacional y si nos hacemos cargo de ellas.
Por último, recordemos el tema de las redes y medios de comunicación: Cuando tocamos “Enviar”, salió absolutamente de nuestro dominio…
Lic. Marcelo Eduardo Grecco
Hoy leí esta frase y me hizo ruido. Es verdad que la exigencia no necesariamente es un maltrato, pero muchas veces tras la excusa de la exigencia se oculta el maltrato. Aunque también es cierto que, si los niveles de tolerancia están demasiado bajos y eso ocurre hoy más seguido, cierta exigencia puede ser recibida o percibida, para ser exacto, como un maltrato.
Pero volvamos a lo primero, la
exigencia puede expresarse de diferentes formas y el maltrato no está en el
control propio de una función de jefatura, sino en como realizamos ese control
y la forma en que nos expresamos con los resultados del control, sobre todo cuando
estos no han dado bien, pero también cuando si han dado bien y esto gracias al
esfuerzo del equipo que muchas veces no se reconoce.
¿Cómo marcar el error sin hacer
sentir dolor? ¿Cómo corregir, sin que la otra persona se sienta disminuida y
atacada? ¿Cómo motivar el aprendizaje a partir del error para generar el
cambio? ¿Cómo agradecer y felicitar por los logros sin exagerar y generar
desconfianza? ¿Cómo manejar las emociones, sin que esto dañe la relación? ¿Cómo
expresarlas sin un insulto, sin agredir?
Ser asertivo es el desafío, un
desafío que no es simple. Promover el aprendizaje y en el último de los casos
evaluar la relación laboral, pero sin dañar a las personas con las que nos
conectamos.
Todos tuvimos maestros o docentes
exigentes, algunos usaban una pedagogía vetusta y dañina, que dejaron heridas,
algunas muy difíciles de curar. Pero tuvimos otros que dejaron aprendizajes,
motivaron, nos acercaron al crecimiento. De la misma manera quien tiene puestos
de jefatura no debe dejar de exigir el cumplimiento de los objetivos, pero debe
colaborar con el aprendizaje, la motivación y el crecimiento, pero por sobre
todo en su exigencia debe respetar al interlocutor, que es a la vez una forma
de respetarse y de promover todo lo anterior. Para lo cual también, hay que
saber lo que a cada uno le sucede, su personalidad evaluar si su nivel de sensibilidad
está por debajo de lo razonable, para poder actuar en consecuencia.
Ciertamente, queridos amigos, ser
exigente no puede ser sinónimo de maltrato.
Lic. Marcelo Grecco