Uno de los mayores desafíos en los puestos de liderazgo, es
la toma de decisiones. La toma de decisiones es permanente y excede casi
siempre los límites burocráticos de la organización e implican también, de
acuerdo con el puesto que se ostente, los pequeños actos personales que tienen
repercusión en la organización y fuera de ella. Si, cuanto más importante es el
puesto que se ocupe, mucho más expuestas están las acciones, aún las más
personales, que son consecuencia de las decisiones.
Cada acción, cada palabra, cada gesto, en definitiva, cada
decisión hecha acción tiene una consecuencia, que puede ser querida o no
querida. Esto ha tenido una potencialidad extrema en la participación en
las redes, donde quedamos aún más expuestos, lo que publicamos pasa a ser del dominio
público, más allá de los condicionamientos éticos y legales.
Justamente por esto, cada decisión no puede ser tomada sin
una profunda meditación, donde sea sopesada toda la información (datos en
contexto) y las consecuencias posibles de esa acción, palabra, gesto,
publicación, posteo, “reacción” en redes. Solo después de sopesar y evaluar todo bien,
se debe tomar la decisión y ejecutar la acción. Viene a mi memoria un recuerdo
permanente de mi padre, quien tenía un jefe al admiraba, uno de los más altos
responsables de la organización en la Argentina. Este le enseño que cuando le
pedían una firma con demasiada urgencia, ponía esos papeles al final de la fila
para poder analizarlos al detalle, era una buena manera de no actuar
reactivamente, sino tomar decisiones de manera responsable.
Un buen ejercicio del liderazgo supone que la toma de
decisiones no este fundada solo en la emocionalidad, sino que haya un
equilibrio con lo racional.
Cuanto más alto en la pirámide se ubique el puesto, mayor
será la responsabilidad y como consecuencia de esto mayor la exposición, por lo
tanto, las acciones públicas y privadas, serán cada vez más visibles y expuestas
a más gente. Si además ese puesto, por su naturaleza, tiene además una
influencia, mayor será el recaudo que se debe tener, al momento de tomar cada
decisión sobre la acción en la vida privada y pública, debemos reconocer que en
algunos puestos de “poder” o, mejor dicho, de autoridad la privacidad ya no
existe o queda reducida a un lugar muy pequeño de la vida. En esta época esto
es particularmente más complejo, dado los canales de difusión.
El mayor cuidado son las decisiones comunicacionales que
tomemos, cuidando el discurso y evaluando con profundidad que, como y a quien comunicamos.
Sobre todo, y lo más importante, la coherencia entre lo que hacemos y
comunicamos. Tomemos, por ejemplo, un empresario que no tuvo empacho al hablar
de los éxitos gubernamentales sobre la economía y a las pocas semanas tuvo que
despedir masivamente a empleados de algunas de las plantas, debido a la situación
económica, provocando un masivo desempleo en algunas ciudades, con la justa
reacción de los trabajadores y esos pueblos. ¿Hubiese sido mejor, más allá de
su legítimo derecho a creer lo que decía, no expresarlo con tanto ahínco,
esperando un mayor tiempo para hacer pública su opinión?
En estos últimos
tiempos hemos visto el impacto de las acciones en las redes sociales, donde
esta semana estamos siendo testigos de sus consecuencias, huelgan las palabras
al respecto.
Pero si la toma de decisiones es importante, en aquellos que
ostentan puestos de liderazgo privados o públicos, no menos importante es la
reacción frente a sus consecuencias, queridas o no. Hay dos lugares posibles y
solo uno es el correcto. La posición de “victima”, donde siempre se
encuentra excusas y uno o varios culpables que nos llevaron a tomar la decisión,
como si la decisión final nunca hubiese sido nuestra o no tuviésemos ninguna
responsabilidad en ello. Esta postura, es la más común, lamentablemente, y la
más perversa para nosotros mismos, porque como dice Kofman, es la que denota la
mayor impotencia de la persona y yo agregaría, la que pone de manifiesto la incompetencia,
de quien debe gestionar, en la toma de decisiones, a la vez que demuestra
perdida de ese equilibrio entre lo emocional y lo racional.
La segunda, por supuesto, es la de “protagonista” y
es la única correcta. Aquí no hay excusas, en tal caso hay disculpas y asunción
de la responsabilidad. “No evalúe correctamente todas las variables”; “Tome una
decisión equivocada”; “Tuve exceso de confianza”, son algunas respuestas
válidas de un protagonista, pero no se desliga de la responsabilidad de la
decisión tomada y esto es importante, por que en definitiva muchos serán los
caminos que nos llevan a la decisión final. Frente al interrogante de cual
tomar y cual ha de ser el destino final, estamos solos y somos nosotros los
únicos que podemos tomar la decisión y siempre esa decisión es nuestra.
Aprovechemos para preguntarnos como tomamos las decisiones
en la vida personal y en la organizacional y si nos hacemos cargo de ellas.
Por último, recordemos el tema de las redes y medios de comunicación: Cuando tocamos “Enviar”, salió absolutamente de nuestro dominio…
Lic. Marcelo Eduardo Grecco
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